viernes, 5 de diciembre de 2014

Santa Bárbara (Fotos)

Parte trasera Chalet de los Montalvos
Muchos tal vez lógicamente al leer este título podrán pensar que el texto que a continuación prosigue se refiere a uno de los 14 Santos auxiliadores de la Iglesia Católica y mártir de Nicomedia, pero no es así, tampoco a ese bellísimo condado ubicado en California, Estados Unidos.

La primera Santa Bárbara que conocí fue un batey en  medio de la nada, en la costa Sur del Municipio de Consolación del Sur, en la provincia de Pinar del Río, a unos 15 kilómetros de Herradura, la urbanidad más cercana y a nueve de la mencionada costa, en los 220 24´ Norte y 830 10´ Oeste; dudo que tal lugar apareciera en algún mapa de importancia.

A Santa Bárbara se llegaba de dos maneras dependiendo de la época del año, atravesando  un polvoriento camino en tiempo de seca o grandes  fanguizales en tiempos de lluvia.

¿Y cómo fui a parar allá?

Bueno, mi familia vivían en Las Posas, Bahía Honda, un pueblito de una sola calle  y nada del otro mundo pero comparado con Santa Bárbara era toda una ciudad tremenda, aunque si de urbanidad se trata, en cuanto a sus comodidades y servicios, ya veremos.

Santa Bárbara era una zona muy baja, muy llana, de esas que se te pierde la vista en el horizonte y no hay una sola elevación en los 360 grados a tu alrededor; un lugar ideal para el cultivo del arroz y sus respectivas necesidades de canalizaciones para regadío, más si estaba ubicada entre ríos.

Por la década de los 40 los Montalvo, Eduardo Montalvo (hijo) compra todo aquello y lo desarrolla, crea de la nada un pueblecito, un batey del cual él era Dios y dueño, sembrados, canales, secaderos de arroz, pista de aterrizaje para aviones agrícolas, una escuelita, una planta eléctrica, agua potable o casi potable hasta los hogares de sus trabajadores,  aserríos, talleres y muy importante, un chalet de campo, un precioso chalet, para que él  y su familia pudieran pasar temporadas al tanto de los negocios, alejados de la capital y con todas las comodidades de la época, pero aquello era mucho más.

El Chalet de descanso contaba con  piscina, grandes jardines con casitas de descanso y recreo, caballos pura raza, animales de corral exóticos,  desde cisnes hasta pavo reales y faisanes, tucanes, papagayos, ciervos, en fin un oasis en medios de aquellas arenas.

Mi padres casi desde los 10 años en varias ocasiones había trabajado con la familia Montalvo, en sus fincas, en sus tierras allá por Las Posas y más o menos en el año 1950 estaba sin empleo, conoce de mucha demanda de mano de obra en la nuevas propiedades de Los Montalvos y se va a trabajar a Santa Bárbara a los secaderos de arroz.

 Mi papá era conocido de la familia propietaria como les decía, era un empleado habitual de entradas y salidas pero en Santa Bárbara prácticamente comienza de incógnito hasta que un día, Eduardo hijo (porque el padre ya para ese entonces había muerto), lo reconoce y se asombra un poco de verlo por allá y como se había ganado la confianza de la familia le entrega las llaves del chalet sin más ni más.

- Toma las llaves del chalet y a mi  regreso de la Habana, hablaremos.

Y de los que hablaron a su regreso fue de pagarle 60 pesos porque cuidara el chalet en ausencia de ellos y también fuera el cocinero cuando ellos vinieran a pasarse temporadas, mi papá le dice  que el tenía dos hijos chiquitos y que tenía que ir a verlos a cada rato, Montalvo le dice que eso no sería problema que ya lo resolverían.

Entonces el viejo (que cuando aquello no lo era para nada), se queda como especie de mayordomo, amo de llaves, jardinero y por si fuera poco además, a cargo de un zoológico de animales, bueno en realidad no estaba completamente solo con todo aquello pero era el responsable.

En las temporadas en que la familia estaba de recreo siempre había más personal de servicio, porque se contrataban o se traían desde la capital algunos.

 En esos menesteres pasaron dos años y la situación se tornaba muy difícil para mi familia en esas condiciones de lejanía, entonces mi viejo decide irse definitivamente a Las Posas y dejar todo aquello a pesar de la buena paga; al enterarse Montalvo lo manda a buscar con su chofer (Bertto) en ese viaje de regreso cuando pasan por el poblado de Herradura mi papá le dice a Bertto que iba a comprar cosas para la cocina porque seguro que se iba a quedar un tiempo más y nada más que llega al chalet Montalvo le dice – Emilio haz café y mira estas son las llaves de la casa que era del Gallego que el ya no las necesita, cuando quieras te puedes mudar con tu familia.

Así se mueven mis padres y mis hermanos desde las Posas a Santa Bárbara y yo diría que esto marcó mucho a mi mamá, no puedo decir que esta decisión la hiciera  infeliz porque económicamente la mejoría fue bien notable pero toda la familia de ambas partes estaba en Las Posas  y poco tiempo después por diferentes causas fue emigrando poco a poco para la capital y nosotros nos quedamos en medio de aquella nada,  aquel  oasis de pinos y eucaliptos rodeados de ….ya les dije;   Santa Bárbara era como el nombre  que mi mamá usó para bautizar aquel batey , “el cementerio de los vivos”.

No obstante las condiciones económicas no podían ser mejor, mi viejo ganaba 70 pesos ahora y no pagaban nada por la casa y la casita era, bueno, esa sería la primera casa de mi infancia  y la imagen que tengo es de una casa de cuentos de hadas, de aquellas ilustraciones  de los libros infantiles más antiguos, el diseño era ni más ni menos que el de las casas del sur de Estados Unidos, llena de tela metálica, portal corridos, ventanas de 4 divisiones para cristales y que se abrían en dos hojas, jardín un patio extenso  con árboles, y  para mis cortos años era un patio infinito, el techo era de guano pero cobijado de una manera que por el interior solo se veía los tallos, una obra de artesanía, todo el que llegaba a aquella casa siempre se quedaba un rato mirando aquel techo; hasta un refrigerador tenía, uno de esos que trabajaba con …..kerosina, así mismo, el baño era amplio, interior, moderno, las instalaciones para agua, un agua un poco salobre dada la cercanía de la costa y la alta salinidad de los suelos.

Además, mi viejo de cocinero….. siempre se “pegaban” muchas cosas para la sena, ya mayor yo, mi mamá me decía siempre “esta jarra llegó a la casa con un tremendo potaje de frijoles negros o esto vino con tales y más cuales carnes…si porque parece que no solo se quedaba en casa el contenido, también la forma.


Para Santa Bárbara mi familia debió haberse mudado en el año 1956 aproximadamente que mi hermano mayor tendría 7 u 8 años y me hermana 5 ó 6 años de edad y de alguna manera, sobre todo mi hermano se hizo el amigo de los hijos del Sr. Montalvo en esas temporadas que venían a pasar en el chalet, el mismo quedaba algo distante de nuestra casa pero no más de un kilómetro y el batey era bastante pequeño, si aquellos querían ir a pescar, buscaban a mi hermano, si querían ir a montar a caballo buscaban a mi hermano y toda aquella indumentaria que ellos tenían de más, que iban a botar o que ya no le gustaba, iba a parar a las manos de mi hermano desde arreos de caballo con adornos de plata hasta ropa y zapatos.

Una anécdota que me contaba mi viejo muchas veces fue un incidente con el movimiento 26 de julio por los años 57; 58;  mi papá me decía que un día que va  a la bodega del batey a comprar un muelle para una de las sillas del chalet que estaba rota y estando allí aparece un auto del que se bajan varios jóvenes y lo encañonan con una pistola 45, a él y a Diomedes, el bodeguero; el asunto era que habían conocido seguramente que en aquel lugar se guardaban  varias armas de caza que dice mi papá que no hacía muchos días el mismo las había limpiado y engrasado, el grupo había venido para llevárselas, “venimos a buscar algo que hay aquí y si no ofrecen resistencia no les pasará nada”, así les dijeron, todo fue cuestión de unos pocos minutos y se marcharon disparando al aire y después de destruir  el teléfono; luego vino la policía y se llevó preso a mi papá y al bodeguero para el puesto de Herradura , los soltaron con la intervención de el propio Montalvo que sabía que eran inocentes y preocupado que hasta los pudieran asesinar porque eran tiempos que liquidaban a cualquiera por cualquier cosa, siempre se sospechó de que la información había salido de un tal Dagoberto, que estaba involucrado con el M-26-7 y que después del triunfo revolucionario abandonó el país hacia Estados Unidos.

En 1959 como todo el mundo sabe, se produce el derrocamiento de Fulgencio Batista y triunfa la Revolución, grandes cambios, radicales y profundos, muchas intervenciones de propiedades, sobre todos a las grandes extensiones de tierra, la afectación a los Montalvos es de bastante importancia, al final y por toda la propaganda que había también, deciden irse del país, tengo entendido que a México, a mi familia le dejaron algunas cosas, entre ellas dos ventiladores de los cuales uno todavía funciona (2014).

Mi viejo de pronto se vio desempleado pero por poco tiempo, los dirigentes de la zona, el gobierno local estaba enfrascado en abrir nuevas fuentes de empleo y se comienza a construir una granja avícola en la zona y  a él le proponen la administración de la misma,  parece por su seriedad en el trabajo, por ser muy cumplidor también, su nobleza, quien sabe, lo cierto es que  aquello que pudiera verse como un reconocimiento a su labor y a su historia, en la práctica fue una condena a trabajos forzados y muchos desvelos y pesadillas.

Santa Bárbara clasifica para mi como esos primeros recuerdos de la infancia , esos que se quedan en tu memoria para siempre aunque tengas cien años, para mí era un mundo de fantasía, era un mundo mágico, contrario a mi mamá yo adoraba Santa Bárbara y hoy todavía, aunque ya no queda nada material, ni siquiera una ruina que sirva de referencia, pero para mi sigue siendo “El país de nunca jamás”.

Sabía que mi viejo trabajaba en esa granja, que era todo un personaje en ella, allá me llevaba a cada rato pero pienso en su cara de entonces y en la de siempre y lo veo tenso, preocupado sin que eso perjudicara su buen humor y su cariño, cuando yo nací mis viejos pasaban los 40 de edad, mi hermano trabajaba de ayudante en la bodega local y mi hermana daba clases en la escuelita primaria del Batey; los Montalvos eran historia, solo quedaban sus huellas, sus leyendas, las cuentos de mis hermanos y mis padres, los objetos sagrados y las “pirámides”, aquel chalet que se convirtió en Círculo Social donde había un televisor, el segundo del batey porque Ángel el bodeguero, tenía uno que era casi del tamaño de un refrigerador.

El merendero del chalet era ahora la escuela primaria de dos aulas, pero allá estaban los lindísimos jardines y la piscina ahora para el disfrute de todos.

Yo nací en 1964 en plena década prodigiosa, la década de los 60, ¿se imaginan? Una música que duró y duró en mis oídos largos años, en realidad nací en la Habana y estuve por allá un buen tiempo porque mi mamá estuvo media complicada con hepatitis y sus secuelas y como ya toda la familia estaba por allá….la familia materna porque de la paterna quedaba bien poco en Cuba, ya mi abuela se había ido a los Estados Unidos y varios tíos.

Entonces, ¿cómo era mi vida en Santa Bárbara?, pues una maravilla, era explorar un mundo en que tenía todas las libertades de andar por aquellos bosquecillos de pinos y eucaliptos que eran mi selva, de llevar a la práctica cuanta aventura pusieran en la televisión, de tener los mejores juguetes y los mejores libros infantiles de la época (veremos más adelante), de una época difícil para los que portaban conocimiento de causa y responsabilidades, no así para mí, dada mi edad.

Era jugar todo el día con un bando de chiquillos y en especial con mi vecino Juan Carlos, de mi misma edad, de caminar y caminar portando las mejores espadas que podíamos construir o conseguir, eran las espadas de los soldados del Rey Sol, o los machetes de los Mambises en “La guerra de los Palmares”, o las armas de fuego de los Comandos del Silencio…..

Los vecinos de Santa Bárbara se movilizaban de muchas maneras, todos los días se daba voces de alarma y reunión, una era la de “llegó el Pan” porque eso podía ser a cualquier hora del día, caminos difíciles, transporte difícil, el chofer se llamaba Bertrán, recuerdo hasta su camión, los muchachos lo conocíamos como “Bertrán culo de pan”;  otra convocatoria era para la llegada de otro camión, el cine móvil, un camión gris con las letras ICAI, éste era el de Zelando…

Se montaba una pantalla al aire libre y cada cual con sus asientos a ver el Gallo de Oro, Tiempos Modernos y otras que ya no recuerdo; pero lo cotidiano era estar a las 7:30 PM o antes en el antiguo chalet de los Montalvos para que abrieran la gran sala donde estaba el televisor público, allá se iba todo el barrio haciendo impaciente molote a ver las aventuras y como todo el mundo disfruta de la oportunidad de su escenario,  esa pequeña “fama” transitoria en la vida; allí el “famoso” era Mongo el bizco, un viejo cascarrabias que se daba todo el lujo del mundo para abrir el dichoso chalet y poner el televisor….

Para ir a  ver televisión en Santa Bárbara se tenía que ir armado de instrumento muy especial, era un “plumero” tejido con un material de nailon y vinilo procedentes de los sacos que traían abono y pesticidas para los arrozales, todo el mundo tenía un palo de aquellos tejidos de colores muy vistosos para espantar las nubes de mosquitos que habitaban en Santa Bárbara, en resumen, la televisión se veía acompañada de aquellos mochazos de chas, chas, chas.

Cuando aquello las aventuras eran dos con el noticiero nacional en el medio, 30 minutos que cogíamos los muchachos para jugar en la orilla de la piscina, cuando se escuchaba el tema final del noticiero, a correr de nuevo a los asientos y chas, chas, chas.

En ese salón también se daban sus fiestas y venían sus grupos de música, muchas veces esperábamos y esperábamos y los músicos no llegaban, regresábamos a casa, más tarde, acostados ya,  se escuchaba la música lejana y mi hermana me convencía de que yo tenía muchísimos deseos de ir para que mis viejos nos llevaran de nuevo.

La Granja Lenin.

La granja avícola “de mi papá” aquello era el infierno, los caminos en tiempo de lluvia se convertían en una ciénaga de fanguizales y la entrada de pienso se dificultaba tremendamente o la salida de los huevos, situaciones de transbordar las cargas de camiones a carretas y de cruzarlas por un río o determinado paso con bueyes, un infierno verdaderamente y mi pobre viejo con todo ese peso en sus hombros.

Las evacuaciones:

Zona baja cercana a la costa y a la desembocadura de los ríos, una inmensa laguna en intensas lluvias, entonces ante el aviso de ciclones o tormentas…a recoger lo imprescindible, montarse en un camión e ir de “camping”, eso era para mi como otras aventuras, pero para los mayores, ni hablar.

Estuve evacuado en grandes almacenes de arroz, en secaderos de arroz, en una secundaria básica en el poblado de Herradura, en otros almacenes en el poblado del Caribe de Vuelta Abajo, cerca de Alonso de Rojas, viajé en camiones por zonas inundadas por carreteras que se deshacían bajo las ruedas por las corrientes de agua,  vi sin comprender entonces, el miedo, las caras de la gente muy serias, monté tanques anfibios, vi aterrizar helicópteros a pocos metros de mi casa, todo eso antes de los 7 años..¿se imaginan?, ¿Quien le dice a un niño de esa edad que no vive en el paraíso?...

En una ocasión nos refugiamos en la finca “La Jocuma”  relativamente cerca de Santa Bárbara, un caserón de terratenientes capaz de albergar a toda la gente  del batey; tengo increíblemente claros esos recuerdos, los que quedaban de la familia original de la casa conocían a mi viejo como sirviente de las grandes fiestas que allí se daban y tuvimos el privilegio esa noche de tener un cuarto para nosotros solos, toda aquella casa estaba alumbrada con velas, recuerdo ahora mismo hasta las sombras, las siluetas de la gente en las paredes, en los adornos de lujo, en las bellas pinturas en cada rincón de la casa.

Mi viejo casi nunca fue con nosotros como evacuados, creo que solo una vez, siempre se quedaba con un bote, él y el bodeguero cuidando el batey.

También en una ocasión nuestra familia se quedó sola en el batey, no creo que haya sido intencional pero nos abandonaron, creo que mi mamá se demoró con asuntos de mi leche para llevar  y los camiones no esperaron más,  se fueron y yo como siempre la pasé divinamente, nunca las aguas entraron a mi casa, pero se veía como una isla y esa vez creo que fue cuando las grandes naves de la granja, varias de ellas, fueron destruidas, derrumbadas por los vientos.

Como parte de estas penurias quiero incluir aquí la imagen que tengo de mi mamá un día con un fuerte dolor de muelas, un dolor terrible al punto de tener que salir en una carreta con tractor por caminos perdidos de huecos y de fango, una carreta llena de cajas para posturas de gallina que iba hasta Herradura donde ella podía recibir mediana atención, yo acompañaba a mi mamá en ese viaje, sentados en una caja al final de la carreta, un punto donde los saltos son mayores al caer las ruedas en baches, en uno de los cuales perdimos mi reserva de agua, un recipiente plástico que después encontró alguien y nos lo devolvió, porque así era la gente de aquel batey, no podía pasar por alto este relato porque no olvido la cara angustia de mi mamá ese día.

Mis Juguetes,  mis libros y los Apátridas

Independientemente que los juguetes venían una vez al año para todos los niños en aquella época, tres juguetes, el básico, el de segunda y uno menor, o tercero y que mi hermana dormía esa noche en la bodega haciendo cola yo tenía una entrada de juguetes adicional y otras cosas infantiles muy especial.

Mucha gente estaba abandonando el país, (bueno como en todas las décadas desde que tengo uso de razón) pero en esos años era una cosa bien grave, era traición, era ser gusano, era ser casi un delincuente, se les llamaba entre otras cosas apátridas, una definición que revisando ese concepto según las leyes internacionales actuales considero excesivo.

Muchas de esas gentes mientras esperaban los trámites eran sacados de sus trabajos o profesiones habituales y enviados a la “Siberia” y que mejor Siberia de castigo que mi Santa Bárbara querida.

La composición de esos grupos eran de clase media, profesionales y universitarios en la mayoría;  una brigada de ellos fue subordinada a mi viejo para trabajar y vivir temporalmente en la granja “Lenin” y mi viejo que siempre fue un pan con ojos estableció las mejores relaciones de trabajo y respeto, aunque al principio cuando vio que para cargar un saco de pienso necesitaba dos de aquellos hombres le dijo a quien se los trajo que se los llevara a otra parte. Era gente muy educada, gente fina, la mayoría de ellos o todos residentes en la capital.

Se albergaban en la misma granja e iban de pase cada 15 o veinte días a sus casas y muy pronto hicieron amistad con nuestra familia, nos visitaban casi todos los días al menos algunos de ellos y no había un regreso de la capital sin un regalo para mi, de libros, dulces, juguetes, había médicos entre ellos, había de todo pero personas buenas, más allá de las razones que tuvieran para abandonar el país.

Un día por allá en su albergue mientras escuchaban en la radio  las peripecias del Apolo 13 llegando a la luna nació un cachorro que me regalaron con ese  nombre, Apolo, regalo que desencadenó mi cariño y mis sufrimientos por esas mascotas durante mucho tiempo.

Recuerdo también a un tal Pepito, ingeniero, amigo de mi hermano, grueso, pelado al cero, de espejuelos “montados al aire”; vino de madrugada a despedirse, le había llegado la salida y todos fuimos a la sala, traía una muda de ropa de excelente calidad para mi hermano y esa cadena para los relojes de bolsillo, había silencio, emoción en el ambiente, pocas palabras, se estrecharon las manos y yo puse la mía sobre ese saludo, ellos se sonrieron; poco tiempo después de irse a España me envió una postal con tres perros.

Al dorso


Los perros:
Dice mi mamá que yo aprendí a caminar agarrado de Terry, un perro manso que estaba en mi casa desde antes de yo nacer, pero ese era de mi hermano, de manera más duradera tuve a Apolo, Pusito, y Guitabó, también a Agrega.

Apolo me lo regalaron los “apátridas”, creo que enfermó y murió; luego a Pusito lo envenenaron y yo no tenía consuelo, Guataibó mordió a no se quien y se lo dieron a otra persona para que se lo llevara y Agrega, eso mismo, apareció y se quedó agregada; una vez yo jugaba cerca de la casa y los perros (tres) dormían sobre el camino, pasó alguien en un camión y estropeó a Agrega, parece que alguna de las ruedas le pasó por la parte de atrás; en mi casa se asustaron mucho, pensaron que por los alaridos y mis gritos que había sido yo el atropellado, llevamos la perra de regreso a la casa y sobrevivió a aquello pero quedó con alguna deformación al caminar.

Los perros me acompañaban a la escuela  y regresaban a la casa cuando yo entraba, era la señal de que ya yo estaba en la escuela.

Cazadores y recolectores
Años difíciles en Cuba pero la gente de mi batey tenía la posibilidad de ser una tribu de cazadores y recolectores.

Aquellas grandes extensiones de arroz de Montalvo pasaron a ser propiedad del Estado y después que se hacían las cosechas de manera maquinizada siempre quedaban lugares mal recogidos o donde las máquinas no podían llegar por estar anegadas o por no ser terrenos muy firmes para ellas, ahí entraba la gente del batey y los que no eran del batey que venía en oleadas de todas partes a “recoger restrojo”;  se cogía bastante pero en condiciones de trabajo siempre muy difíciles,  mi viejo se iba con mis hermanos y hasta yo iba de excursión, casi siempre mi hermano mayor después de aquellas recogidas terminaba enfermo y mi hermana se jactaba de eso, que ella terminaba en la mejor  forma.

No solo era el arroz, era la pesca en los canales de regadío, era la caza de patos salvajes, yaguazas, gallinuelas, todos venían al festín  de granos o por el medio favorable de ciénagas y pantanos, escuché historia hasta de captura de caimanes pero nunca vi uno mientras viví allá.

Yo salía con mi hermano frecuentemente de caza y pesca, hoy me pregunto como mi mamá me dejaba ir, tan tranquila, tan confiada con mi hermano a aquellas aventuras mayores;  confianza en la responsabilidad y formalidad de mi hermano sin lugar a dudas, pero no es menos cierto también que mi padres me dejaban andar aquel batey solo de día y de noche con siete años a lo sumo.


Las Visitas:
A mis tíos, a mis primos, sobre todo a estos últimos, como a mi, les encantaba Santa Bárbara y en las vacaciones aquello se llenaba de familiares, pocos de mi papá, porque ya era poca en Cuba, varios de sus hermanos y a mi abuela nunca llegué a conocer, ya se habían marchado pero la tanda de parentela materna era suficiente para llenar varias casas del batey, buenos recuerdos, de muy buen ambiente, de ambiente festivo de alegría, de risas, de comida, de cochino asado.
Solo un pasaje infeliz; mi mamá es gemela con mi difunto tío Miguel y siempre fuimos dos familias muy unidas, mi mamá había bautizado a su hija mayor, Sonia y Sonia, mi prima querida, era otra cosa, era desde chiquita muy…. muy de capital, pues la dejaron de “vacaciones” en Santa Bárbara pueblo embrujado, para su “recreo y disfrute” y no hacía otra cosa que llorar y llorar en silencio, extrañaba mucho su casa, sus hermanos y sus padres; aparte del dolor de perder a mis perros este fue uno de los primeros que sentí por solidaridad con otra persona, creo que los supuestos apátridas no sufrieron tanto Santa Bárbara como ella.

También recuerdo la primera visita a nuestra casa de la familia de la novia de mi hermano que vivían en otro batey muy parecido al nuestro pero aquel no tenía ni tres pinos y eso para mí era fundamental, era cerca del poblado de Alonso de Rojas, se conocía como El Caribe. La novia de mi hermano tenía dos hermanos más, el más pequeño era de mi edad y recuerdo la sorpresa que me causó verlo llegar  chupando biberón, no conocía entonces a ningún niño “tan grande”  que hiciera eso y dando alaridos por cualquier cosa y curiosamente fue un líder público en su adultez, algo así como un alcalde municipal; pero bueno, una cosa no tiene que ver con la otra, pero a menudo al verlo no puedo evitar reproducir la escena de la primera vez que apareció ante mi vista y no deja de darme un poco de risa.

Nos vamos de Santa Bárbara.
 El batey era un dolor de cabeza para el gobierno local, difícil acceso y un problema en cada llovizna, entonces no quedaba otra cosa que desmantelar aquello y  reubicar a los pobladores en apartamentos de los nuevos edificios que se estaban construyendo en  los poblados de Alonso de Rojas y Herradura, pero  a mi viejo le proponen administrar la granja avícola que había en Herradura y recuerdo hasta el lugar donde nuestra futura casa fue trazada pero sucedió otro cambio de planes y donde se necesitaba a mi papá ya no era allí, era ahora en la Granja “Turcios Limas”, al borde de la carretera central, a tres kilómetros del poblado cabecera del municipio Consolación del Sur, ahora era en la finca Marilin.


Cuando me fui de  mi querida Santa Bárbara estaba en segundo grado, tenía 7 años y no me iba contento, no me iba con alegría, abandonaba mis montes, mis lugares de juego, aquel mundo increíble que había conocido y a uno de mis perros, Agrega, que aunque oficialmente no era nuestra aquella perra, la sentía como tal, dicen que se quedó cuidando nuestro patio hasta el final, que no era fácil entrar allá donde solo había quedado el piso y los cimientos porque nuestra casa fue desmantelada para rehacerla en Marilin, pero los niños se adaptan mejor a los cambios que nadie, no obstante siempre he sentido una añoranza tremenda de un lugar que como les decía, ahora mismo no existe, únicamente en mi recuerdo pero así nos pasa con casi todas las cosas queridas en la vida y un día cuando ya la lista es demasiado grande para soportar, nos vamos también nosotros.

Mi viejo en labores en los jardines del chalet
Broma entre empleados del chalet, mi viejo en ésta sentado a la orilla de la piscina. existe otra donde intercambiaron

La Señora Cora, esposa de Eduardo Montalvo con uno de sus hijos en el portal del Chalet
El Señor Eduardo Montalvo, el último dueño de Santa Bárbara en la sala del chalet.
La entrada a mi casa en Santa Bárbara, 26 de abril 1966.  Cumpleaños 15 de mi hermana (derecha)
Mi viejo (a la derecha)en el chalet preparando para celebraciones

Creo que son mis siete años en el patio de la casa de Santa Bárbara con mis padres, a la derecha están las raices de un arbusto de guanábana derribado por un huracán.





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